May 28, 2007

Filed under: Supervivencia

May 24, 2007

Vida y Música II: El Ahora

Filed under: Vida, Música

Un mes de ensayos para solo tres canciones. Un mes de ensayos para disfrutar de una nueva vida que se abría camino entre pinceladas de besos, caricias y mordiscos.

A duras penas he conseguido hacer sonar algo decente. No hay nada nuevo en lo que pienso mostrar, pero al menos podré mostrar que le he puesto empeño.

«¿Estás nervioso?» preguntas entusiasmada. No existe respuesta alguna a esa pregunta. Es como preguntar a alguien si sabe que en ese mismo momento puede morir: el cerebro dispone de un mecanismo eficaz de supervivencia para tales casos.

Pero sé que lo estaré.

Es la primera vez que llevo mi guitarra en el maletero y no es de paseo. Las cuerdas son nuevas, y se desafinan a la primera de cambio. El calor dilata el níquel y ablanda el nylon. Y no me quejo; al menos hace un buen día de playa.

Deteniéndome un imple instante a pensar, asumo que quien va a tocar soy yo. Juan Blanco, para más señas. Nario, para quien lo prefiera. Juan es inseguro, tímido y un desastre. Nario es indeciso, vergonzoso y desordenado. Bajo esta perspectiva no hay mejor solución que ir a contrarreloj a la playa. Don Paco de Lucía tocará a pocos donde más tarde lo haré yo… quizá algún día pueda mencionar eso en mi currículum.

Mientras comparto miradas y momentos con Paula, Marco, Antonio y Miguel, se suceden los mensajes de apoyo: gracias Shivenis, gracias Swe_Wtj, gracias PopIndie, gracias Rafa, gracias Sonia, gracias Migue, gracias Luís, gracias Juanjo, gracias Álex, gracias Isma (te debo mucho, hermano), gracias Rafita. Escribisteis en un gran mural marrón vuestras muestras de aprecio de tinta amarilla, y lo conservaré siempre en mis retinas.

Mientras más pasan los minutos, más me relajo yo. Se acerca la hora y voy con prisas.

A pasos agigantados, logro abrirme hueco entre la multitud que aclamaba a Don Paco y llegar a aquel mítico lugar. El Café Teatro Pay Pay, otrora cuna de grandes espectáculos y cabarets, hoy testigo de mi debut. Con los primeros nervios agarrando con fuerza la boca de mi estómago, intento realizar lo mejor que puedo las pruebas de sonido. Por desgracia, solo sé cantar, y creo que ni eso. Aprender, se aprende tropezando, y yo lo hice al percatarme de que quizá, mis canciones, no sonarían igual que las demás. Ritmo, contundencia, rabia contenida… qué se yo. A mí nadie me enseñó a volar, por lo que tengo que tirar constantemente de avión.

Solventados los primeros fallos y tras repetir la prueba de sonido, compruebo el nivel de los demás participantes. Como conclusión: el nivel es altísimo tanto en calidad técnica como artística, pero no me va para nada la canción de autor. La verdad absoluta no está en boca de nadie, amigos. Pese a todo, hay excepciones y más de uno, tan solo en las pruebas, logra ponerme los vellos de punta. Además… el simple hecho de intercambiar cuatro palabras con los demás concursantes me hace ver que no soy tan preso, como creía, de la puñetera timidez.

Ya cenado y, de nuevo con el minutero azotándome en el cogote, vuelvo a aquel mágico lugar. La ambientación es impresionante, pero yo floto. Cada vez noto más esa sensación… floto.

Veo llegar a mis padres, Juan Antonio y María. Y con ellos mis primas del alma, Rocío y Amanda, y sus padres, Aurori y Miguel Ángel. También andan por allí mi tío José y mi tía Lourdes. Todos conocedores de mis quehaceres musicales, todos conocedores de la importancia de aquel evento. Y estaban allí… Floto.

Una mala pero inesperada noticia llega. Mis primas no pueden quedarse allí al ser menores de edad. Craso error. Más tarde, me darán cuenta de sus andanzas: mientras yo actuaba, una puerta del local se hallaba entreabierta con mi tío sujetando la puerta, y cuatro oídos jóvenes escuchándome ilusionados. Al menos, mi tía me pudo escuchar en primera fila.

Abstrayéndome totalmente del mundo, me oculto en los camerinos para ensayar lo que ya había ensayado mil veces. Fruto de ello solo podían generarse más nervios que no tardarían en aparecer de golpe.

Pronto se acerca la hora de la verdad. El presentador pregunta si quiero alguna que otra presentación especial, a lo cual me niego… tan solo quería salir, dar a luz y disfrutar de los frutos. Poco después, me encuentro desnudo, preso del pánico tras un telón negro que oculta un considerable número de parroquianos del lugar. Aquel olor, aquellas sensaciones… flota magia en el ambiente, y yo me hayo inmerso en ella.

Las palabras del presentador; totalmente escuetas, tal y como le pedí: ‘estudiante de Periodismo, compositor de letra y música y natural de Jerez’. Tras lo cual, suena mi nombre: “¡Juan Blanco!”.

Más nervios. Se agolpan en mi tráquea con una intensidad inusitada. Atravieso la negra cortina para encontrarme con en presentador que, tras una palmada, osa dejarme solo en el escenario.

Sin querer mirar, coloco la clavija en su sitio. Queriendo mirar, me siento el hombre más querido del mundo.

Desde allí arriba –unos 40 cm más alto- se percibe todo como una fotografía. Tan sólo oso alzar la cabeza una vez, para recibir un mundo de cada persona que allí había: Antonio, Marco, Miguel, Iván, ¡Manu a tiempo! Y toda mi familia. Y Paula. Deslumbrante, preciosa, despampanante. Luciendo su segunda mejor gala tras su desnudez, y con ese brillo en los ojos. Ya puedo bajarme de aquí, soy tremendamente feliz. Ansiabas este momento tanto como yo y no podía hacernos esperar más.

Totalmente atemorizado y, tal y como relaté en la ficción previamente, tropiezo y golpeo con el mástil de la guitarra al micrófono. Nada grave, por lo que mi verborrea no será necesario usarla. Avanzando en el tiempo, suelto una pequeña declaración de intenciones: “Vamos a empezar con un poquito de caña…” y hago sonar los primeros acordes de ‘Hablar por Hablar’.

Me encuentro en un estado total de inexistencia. El que está allí arriba no soy yo. Yo solo le di al play y me pongo a observarlo críticamente desde fuera. Pronto descubro que, pese a ser un reflejo de mí mismo actuando, soy vulnerable a las malas críticas y no las acato con soltura. Como resultado, ansío bajarme de allí desde un primer momento. Y como consecuencia de ese deseo, lo mando a tomar por culo todo y me dispongo a disfrutar. Si se acelera el ritmo de la canción o piso el traste equivocado, que se jodan. Al fin y al cabo, ni tú pagas ni yo cobro. Y esto es lo que escuchareis cuando vayáis de visita a mi cuarto, estáis todos invitados. Menos el jurado.

Creyéndome con el tiempo en los talones, me abstengo de charla entre canción y canción. He venido a soltar mi mierda y me voy.

Aplausos. Más aplausos. Quizá gusto. Quizá solo es cortesía.

Quizá, y solo quizá… no lo haya hecho tan mal.

Oculto tras las sombras de los camerinos, reniego de mi actuación. No me he gustado. No solo la interpretación. No solo la composición. Sobre todo, lo que no me ha gustado ha sido mi actitud. He cantado bajo presión, y no valen excusas. El ser o no el primero, el que fuera o no mi debut, eran cosas que no importaban. Lo había hecho mal, y punto. No importa… al fin y al cabo, es más divertido mejorar que hacerlo bien desde un principio.

Una vez fuera, se me abre el cielo de nuevo. Vuelvo a flotar. Todos me felicitan. Mi padre, orgulloso como nunca. Me abrazó como pudo intentando no molestar al público. Mi madre tan solo sabía decirme una frase, con los ojos entre lágrimas: “tu abuela siempre quiso un artista”.

Un artista. Arte es el amor que siento por Paula, y no la música. Arte es la gente de la que me rodeo, bajo la bandera de la amistad. Arte es querer y saberme querido.

Arte es aquella mujer ante la que me encuentro en este instante. No solo te quiero… es que el vaso ha rebosado tanto que el agua del que lo llené me ha impregnado a mí y ahora me quiero a mí también.

Salgo un poco más y… mi tía Mari y mi tío Antonio, allí entre el público. Otra de mis madres allí, en mi debut. Tres mujeres me han criado: mi madre, mi tía Aurori y mi tía Mari. Y las tres estaban allí.

Por fin en las afueras del local. No doy crédito de aquello: Iván y Ana Ira, Juan y Pili, Patri y Mario y el gran Alberto.

De nuevo en el interior del recinto, una actuación hace que se eleven de forma secuencial todas las fibras capilares de mi cuerpo. Se trata de Pedro Sosa. Ya en la prueba de sonido, con tan solo cuatro palabras, me había procurado algo de tranquilidad y apoyo. Ahora, subido al escenario, apunta hacia mí al hablar de “emocionarse” con alguna actuación, para lo que finaliza dedicándome el siguiente tema. Sí, parece ser que aquella actuación era la mía. Saberme valorado de manera externa era algo que no entraba en mis planes. Quizá… me haya entrado algo en los ojos.

Ya por fin, de fiesta, logro sentirme querido y apreciado por gente ajena a mí. Ya me había sucedido antes, y Miguel era el claro ejemplo de ello. Peco de estar tan rodeado de grandes personas, grandes amigos, que rechazo todo lo demás por temor a lo malo. Me alegro de no haberte dejado fuera de ese saco. Y es por ello que, mientras salgo del recinto, ya guitarra en mano, me extrañe que un matrimonio me confiese haber disfrutado con mi música. La frase “tienes mucha música dentro” aun me sigue rodando hoy por la cabeza. Algo más tarde, más felicitaciones en distintos lugares de fiesta. ¿Me reconocen? No… Sí, me reconocen. Y por lo visto he gustado.

Quizá… y solo quizá… no sea tan malo.

Hubo momentos en que me creí muerto. E incluso en la existencia de algún cielo cristiano. Pero no, solo estaba en Cádiz prolongando un sueño en el que ya vivía. Pude seguir siendo felizmente ateo.

Y a mí solo me sale ser feliz…

Gracias. Vosotros sabéis quienes sois.

Vida y Música I: El Antes

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Dicen que para que la historia sea historia, ha de pasar un tiempo prudencial para poder denominarla como tal. La historia que relatan estas líneas dista mucho de ser algo histórico, al tratarse tan solo de pura y dura subjetividad. Es el relato de ver un sueño que no se cumple; crece.

De pequeño, contando tan solo los dos o tres años, mi santa madre –beatificada por mi propia religión- cantaba, mientras me mecía en sus brazos, temas de los míticos Triana, con un Jesús de la Rosa encabezando aquella hornada denominada ‘rock andaluz’, adaptando a su manera los sonidos que ya inventaron unos gloriosos Pink Floyd en Gran Bretaña. Años más tarde y, sin haber oído jamás un solo disco de ellos, reconocí inmediatamente aquellos tonos y me alarmé súbitamente al percatarme de que podía cantar con facilidad aquellas letras. Se comenzaba así a forjar mi amor por la música.

No recuerdo bien quién, cierto día decidió que debería aprender a tocar la guitarra. Me procuraron una guitarra española prestada por un familiar, donde ni el mítico spray ‘3 en 1’ fue capaz de arrancar el óxido que fusionaba los engranajes de esos clavijeros. Madre mía… empecé en el mundo de la música con una guitarra radicalmente desafinada.

Contando ya con el material indispensable –aunque de aquella manera-, me dispuse a aprender todo lo que me quisieran enseñar. En cierta manera, buscaba ocupar mi tiempo en otra cosa que no fuese entrenar en el equipo de fútbol local, que tanto odiaba. Dispuesto a ello, recuerdo como mis padres pagaban durante seis meses mis clases de guitarra flamenca por 2.000 pesetas a medias con el ayuntamiento de mi pueblo, que pagaba la otra mitad.

Las clases las impartía un conocido guitarrista de mi ciudad, Jerez de la Frontera: Fernando Moreno. Trabé amistad con su hijo Isaac Moreno, que impartía también las clases, y con Pedro Pimentel –también profesor- que hoy trabaja con Los Delinqüentes y su Banda del Ratón. De aquellas clases aprendí nociones básicas en cuanto a colocación de la mano y poco más… no se me daba nada mal la guitarra, pero odiaba el hecho de memorizar canciones sin sentidos. Aprendí además algo que ha sido tónica durante todos estos años de guitarrazos: a tocar la guitarra sin conocer el nombre de los acordes. Medio año más tarde acabé abandonando aquellas clases, pese a la insistencia de Fernando –dios… recuerdo como incluso fueron todos los profesores a hablar con mis padres-, y todo por el mismo motivo. No hay mal que por bien no venga, y aparte de la instrucción conseguí una guitarra nueva que me recomendaron comprar: una Sonora C-392 de 10.000 pesetas a la que posteriormente serigrafié, con un Pilot, un rostro bastante conocido. Había nacido “La Camarona”.

Tras esto, un gran parón.
Mi tío Juan, en sus vacaciones anuales por Jerez, procuraba tenerme siempre nutrido de cassettes de música. Otra de las veces me regaló un Walkman de los auténticos, de Sony. Benditos regalos. De esa forma conocí la música de Los Rodríguez, M-Clan y Jarabe de Palo. Bendita música.

Y de nuevo en mi pueblo, un curso de guitarra. Flamenca. Subvencionado. Vamos allá.

Ya con catorce o quince años, en pleno renacer hormonal y con una guitarra en las manos, pude recordar todo aquello que ya había aprendido. La primera vez reaccioné abandonando. Esta vez tocaba plantarle cara. Si Estopa podía… ¿por qué yo no? De repente “el de abajo” –que hoy conozco como La menor- se asemejaba demasiado a una canción que conocía si tocaba después “el de la cejilla” –Fa-. Había música en mi guitarra más allá del flamenco.

Y surgió la primera canción, con más facilidad de la esperada. Recluido en un cuarto con un amigo, por aquello de “montar el grupo”, compuse el embrión de lo que hoy es “Aires de Madrugada”. Mi amigo tan solo copiaba las frases que se me ocurrían para la música que sonaba en mi guitarra. Una lástima, porque a él se le daba bien escribir, pero yo no sabía ajustarlo por aquel entonces a lo que tocaba. Aquella misma tarde murió el grupo.

Poco después compuse una rumba que hoy en día no lo es. “Paseo por tu Mente”, se llama. Y con ella llegué a conocer a otro posible grupo que, debido a sus tendencias aflamencadas y delirios de grandeza, gustosamente decidí abandonar. El hecho de que mi canción les gustase, y que incluso las quisieran, me ayudó a pensar que quizá no se me daba tan mal. Otro grupo de flamenco-fusión también me ofreció una oferta de compra, pero… aquellas cosas me pillaban bastante lejos, así que básicamente me asusté y lo rechacé.

Mientras tanto, en casa de mi tío Miguel Ángel, antiguo bajista de una orquesta, rodaban vinilos de Bob Marley, Pink Floyd y los Dire Straits. Aquellas noches de barbacoa, en una terraza, bajo la luz de las estrellas jerezanas… eran mis vacaciones. Tan solo cerraba los ojos mientras sonaba, y observaba con curiosidad como mimaba cada disco con el cepillo antiestático tras girarlo y proseguir con la escucha. Cada disco era un todo. No se trataba de pesadas discografías descargadas de Internet que jamás escuchas hoy en día.

Entretanto, supe que no iba a ninguna parte con aquella guitarra. Le tenía muchísimo aprecio –de hecho, hoy es una de las que más uso de mi colección- pero los golpes y el pegamento de baja calidad que la conformaba habían dejado demasiada mella en ella. Mientras trabajaba un verano entero por poder pagarme una guitarra para siempre, reparé “La Camarona” con puntillas de alfiler y cinta adhesiva. Ahí es nada.

Los meses de trabajo como peón de albañil en Estepona dieron su fruto: un reencuentro con Fernando Moreno. En su tienda de música, elegí un modelo que me pareció extremadamente bello, tanto en estética como en sonido y prestaciones: mi guitarra española electrificada Veracruz Mod-708 con mástil de palosanto. Sin duda, una gran guitarra para unas manos tan inexpertas.

La vida de estudiante en Cádiz consiguió abrirme de nuevo los ojos. Pude conocer de primera mano lo que era estar enamorado, y escribir presagios de lo que sería en un futuro. A solas, en la playa, escribí los primeros párrafos de lo que sería “Mundos Paralelos”. Ni siquiera conocía el amor, pero ya lo andaba acusando de tener fecha de caducidad. Unas cuantas canciones más surgieron durante este periodo. La falta de amor nos hace ser creativos.

Tras dos meses de nula creatividad –tenía los dedos ocupados tocando el cielo- volví a tocar para no querer dejar de hacerlo jamás. Si la falta de amor nos hacía ser creativos como dije antes, no hay nada que supere al mismísimo desamor. Horas y horas muertas tocando la guitarra, arrancando acordes y frases para intentar compensar lo que duele el amar y no ser correspondido.

Una guitarra más. Como una guitarra eléctrica se me antojaba lejana, opté por una electroacústica. Quería sonar más rock, sonar como Kurt Cobain en aquel mágico acústico sin enchufes. Y para ello, desenfundé con todo mi pesar la cantidad de 149 € en una guitarra de marca Academy. La tengo abandonada a la pobre, aunque alguna canción (¿Contradicción, puede ser?) salió de sus cuerdas.

Necesitaba un amplificador para jugar con los sonidos, por lo que pedí prestado el de mi tío (¡cuánto le debo!). Era de bajo, así que… no iba a sonar demasiado bien. Aunque daba el apaño y me permitía trastear a gusto. Y ya que estábamos… el bajo también para casa. No daba con ningún grupo que quisiera una guitarra rítmica en sus filas, pero bajistas siempre hacen falta. ¿Vocalista? Jamás. Tan solo quería alguien de confianza que interpretase mis canciones y me dejara tocar con él. Nada más. Siempre he preferido pasar desapercibido, aunque para ello tenga que luchar contra mi condición natural.

Me encontraba en casa, con un arsenal bastante grande: dos guitarras españolas, una electroacústica, un bajo y su respectivo amplificador. Y un puñado de canciones. Pues… una maqueta.

Solo me encontraba a gusto cantándole a mi hermano o mi madre. Y como me sentía realmente a gusto era cantando solo. Cantar solo te permite abrirte todo lo que quieras cuando eres enfermizamente tímido como lo soy yo. Como contra… conlleva ciertas limitaciones.

Nunca he conocido de cerca de ningún “maestro” en el sentido estricto de la palabra, no he tenido nunca a nadie que me guié. Mi mayor mecenas ha sido siempre mi hermano, y lamentablemente no podía darme clases de guitarra o de bajo ni de canto, y ni mucho menos de técnico de sonido. Por lo tanto, no tuve más remedio que ser yo el encargado de todo el proceso. Un PC, mis guitarras y poco más. Ah, sí. Muchas ganas de grabar las canciones que ya tenía en condiciones para poder seguir adelante componiendo.

El resultado no fue, ni mucho menos, un producto de calidad. Pero el mero hecho de tener mis canciones incrustadas en un soporte de plástico me hacía sentirlas más cerca, notarlas como una verdadera creación y no un proyecto. A partir de ahí, pude seguir más allá.

Durante ese proceso tuve el placer de conocer a más influencias musicales. Gente como Albertucho o Poncho K hicieron que me decantara por algo. Tomar el rumbo del rock de autor. Canciones sencillas con contundencia. Marinero en tierra, capitán sin barco.
Con el afán luchador que tienen los sueños, me encapriché y quise tener en mis manos una guitarra eléctrica. Nunca había tocado una, y lo encontraba una experiencia fascinante visto desde fuera. Debido a mi condición de iluso, siempre creí que con un coche más potente podría ganar más carreras. No me equivoqué del todo, pero al menos pude seguir experimentando musicalmente. Y dispuesto a ahorrar, lo encontré imposible. Mi vida en Sevilla me estaba reportando ya demasiados gastos como para intentar evadirme de ellos entre las nubes.

Cuando ya la guitarra no se encontraba entre mis planes, mi mecenas ejerció de tal. Entre mis regalos de reyes de este 2007, se encontraba una guitarra eléctrica. Mi hermano, tres años menor que yo, creía en mí y me regaló una guitarra eléctrica… Por fin pude tener a mi pequeña Malakian entre mis manos (en homenaje a Daron Malakian, guitarrista y compositor de System of a Down). Una Cort Zenox Z-42 en rojo cereza con pastillas dobles Humbucker. Para los que conozcan las Les Paul, conocerán de qué les hablo.

Tras esto, me quedé sin nada de qué escribir. Mi mundo estaba completamente vacío. Había construido un muro mental en torno a mí, ya no creía en el amor. Al menos no de aquella manera que tanto daño me seguía haciendo. Pese a ello, una tuerca logró girar la espiral en que me encontraba completamente atascado hasta llegar a su lado. Conocí a Paula. Digamos que es… la persona que existe y me hace existir. Es la vida que crece y me hace crecer. La persona que más quiero, más amo y, sobre todo, más siento –perdona mamá, a ti también te quiero -.

La persona que me hace estar aquí esta noche.

May 20, 2007

VI Concurso de Cantautores Pay Pay 2007






May 11, 2007

Tuercas

Tuercas

Fotografía: Paula Velasco
Texto: Juan Blanco

Siempre hay una incertidumbre acechando al final de cada espiral. El hastío y el desánimo eran lo único que había encontrado siempre en su camino, motivo este de su apatía hacia aquella forma de vida. Llevaba un tiempo ajena al mundo, y la reinserción no se aplicaba en su caso a los presos que trataban de buscar un hueco tras la ausencia de libertad.

De un tiempo a esta parte decidió intentarlo. La última vez que lo intentó no había sentado un buen precedente; años salvaguardando su inocencia para terminar ahogada en un mar de cafeína y burbujas. Cumplió su función con esmero, pero fue difícil salir de la condena en que estaba inmersa. Nadie en su sano juicio se atreve a sospechar de la desdicha individual de cada miembro de esta sociedad, y ella no iba a ser una excepción a tantos años de experiencias y cambios sociales.

Pasaron los años tras aquel fracaso y, pese a que el paso de estos había dejado huellas en su rostro, dejó de intentarlo. La experiencia no le hizo ser más fuerte, más sabio y, sin embargo, se preocupó bien de arrebatarle cada resto de aquel seguro de vida que le ayudaba a arriesgarse y escapar si fuera necesario. Pese a ello, las voces amigas le recordaban que el tiempo no perdona, y que el no volver a intentarlo era una soberana estupidez. Ella no pensaba lo mismo. Al fin y al cabo se encontraba bien así: sola, carente de función en el mundo, pero apática mientras cantidades industriales de bicarbonato iban haciendo estragos su estructura interna. Era su elección, tan solo hacer sombra y, a veces, ni eso.

Jugando con lo que más le sobraba –su tiempo-, lo intentó de nuevo. El fracaso fue estrepitoso. Avanzaba en su propósito, cediendo cada milímetro al adversario, para acabar decidiendo que la inercia fuera su principal consejera. No supo frenar a tiempo estando al borde del precipicio, por lo que acabó cayendo. Hay quien le falta un tornillo y hay quien lo tiene sin cabeza. En su caso, sucedió lo último.

Una vez en el suelo, nadie se preocupó por su existencia. La lluvia la arrasó en innumerables ocasiones, el viento procuró dejar reseco cada poro de su cuerpo, y el sol le dio ese tueste que le hacía tan particular. Debido al desuso, casi terminó por olvidar de qué forma se usaban sus sentidos. No es que no sintiera el dolor; es que ya no se paraba siquiera a disfrutar de todo lo bueno que no fuera lo malo. Procuró establecer su sitio, sus principios, y su estilo de vida: el no tener estilo.

Cuando se intenta ir por la vida sin sentidos y sin Lázaro que te guíe, terminas acostumbrándote a tan solo ser. En el fondo, solo se necesita eso, lo demás es puro adorno. Como un toxicómano que no siente la incisión de la aguja en su brazo, acabó por no sentir cómo se iba introduciendo de nuevo en una espiral más. El simple hecho de haber despertado de su letargo le hizo pensar que algo iba mal. No había tenido buenos precedentes en ese aspecto. Pero… ¿qué ocurría? Algo era distinto… Esta vez la cadencia era ascendente, no podía prever si acabaría en el suelo de nuevo. Se dejó llevar; aunque no le quedaran fuerzas para poder avanzar lo acababa haciendo, y no era ella quien se movía. ¡La espiral giraba sobre ella!

Cada noche despertaba, tratando de averiguar quién impulsaba aquello. Inútil. La curiosidad había creado un monstruo en ella, le había puesto cruelmente una galleta en el estante sabiendo que ella no tenía brazos para alcanzarla.

Cierto día despertó en la noche. Extrañada, intentó percibir, inmóvil, el causante de su pausa. La espiral se había transformado en un camino yermo, estéril, mermado por tempestades e inclemencias. Sabía perfectamente que no podía avanzar por sí misma, y que aquella fuerza extraña, pese a su desconocida procedencia, tampoco lo haría. En un nuevo descubrimiento sin parangón, se percató de algo. Su punto de vista era distinto ahora del que era en los instantes previos. Y eso sólo podía significar una cosa: se había desplazado. De sus poros se podía evidenciar algo parecido al sudor. Era ella. Había conseguido moverse tan sólo con un poco de fuerza de voluntad. Aquel terreno yermo, estéril e inhóspito no preveía buenos augurios; lo que la fuerza que aquellos días le estuvo empujando hacia lo desconocido no pudo mover, pese a su fortaleza, lo estaba moviendo ella.

No sin esfuerzo, prosiguió avanzando aun sabiendo de su dificultad. Sus sentidos se iban despertando de nuevo conforme arrancaba milímetros a su desconocido destino, de tal forma que ahora se sentían con más intensidad y belleza. Poco a poco y, con la esperanza de encontrarse un horizonte, logró entrever de nuevo el camino, con su característica forma curva. Y al final de este, algo que podía considerar como un espejo.

Se miró en él y se vio bella, fuerte y juvenil. Curtida en experiencia, pero atractiva. Con ello logró descubrir otro valor vital que jamás hubo sentido: la autoestima. Tratando de verse más cerca aun, siguió avanzando. El siguiente paso fue darse cuenta de que aquello no era un espejo. Era algo de su misma condición, pero no un espejo. Trató de comprender y lo hizo. Aquella tuerca que había confundido con su reflejo se había quedado atascada en una parte del camino parecida a la que ella misma había sufrido instantes atrás, pero lejos de quedarse quieta, inútil, había intentado desplazarse con tanta fuerza que había acabado por mover la rosca helicoidal que albergaba a ambas. Ahora estaban juntas, por fin, a un paso. Dos tuercas desconocidas, aunque procedentes de un mismo molde, juntas.

Perdidas en un paraíso terrenal, usando el óxido como moneda de cambio, lograron hacer frente al paso del tiempo, apoyándose a cada momento la una en la otra, para al fin ser pasajeras furtivas de un viaje sin destino.

“Trata de avanzar aunque no te dejen dar ni un paso,
conseguirás dejarte el mundo en tus zapatos.”

May 7, 2007

15 - Nario - Lobotomía Cardíaca

He roto con mi silencio
el pacto entre hombres de derecho
en el que honramos las verdades
de papá.

De un vástago sin reino,
de tantos sueños incompletos
surgen restos, aun furtivos,
de lo que soy yo.

Párteme por la mitad,
y seré un cuarto
harto de estar tan harto
de estar atado
a palabras que representan
años de tregua
de este tuerto condenado
a quedarse a medias.

He vuelto a echarle ganas
soportándome en la pena,
apagando las hogueras
con alcohol.

Sé bien qué me depara:
la añoranza de la pena
está esculpiendo con esmero
otra procesión.

Casi he llegado a ser
lo que nunca he sido,
cautivo en el futuro
de un olvido,
de palabras que representan
años de tregua
de este tuerto condenado
a quedarse a medias.

Dime que en mi mirada
ya no hay ni un resto de penas,
que mi última condena
es esta canción.

Mi amante traicionera
ya no aguanta ni un golpe más,
y pide a gritos que entre luz
en mi habitación.

No sé culpar a nadie
de mis comienzos locos
que acaban naufragando
a media voz.

Tantas horas de valde
obviando el ser culpable…
añoro la lobotomía de mi corazón,
añoro la lobotomía de mi corazón,
añoro la lobotomía de mi corazón.

———————————

Juan Blanco Arellano, 2007. Autobiografía de un mal día…

12 - Nario - Dueño de tu Vida


Una grabación de una de mis últimas canciones en el PC de mi colega. Casi recién salida del horno.

Como novedades: una nueva canción dedicada a mi Paula, que aun está por terminar. Y lo principal… el día 18 de mayo actúo interpretando tres de mis canciones: Contradicción, Hablar por Hablar e Imaginación. Participo en el VI Concurso de Cantautores del Café Teatro Pay Pay, en Cádiz. Todo el que se quiera pasar a escucharme está invitado, yo estaré por allí desde las 20:00 pero desconozco a qué hora toco (tocamos 9 tíos en total…).

Pues eso, espero que me deseeis suerte. Yo os deseo lo mejor a vosotros :)






















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