Vida y Música I: El Antes
Dicen que para que la historia sea historia, ha de pasar un tiempo prudencial para poder denominarla como tal. La historia que relatan estas líneas dista mucho de ser algo histórico, al tratarse tan solo de pura y dura subjetividad. Es el relato de ver un sueño que no se cumple; crece.
De pequeño, contando tan solo los dos o tres años, mi santa madre –beatificada por mi propia religión- cantaba, mientras me mecía en sus brazos, temas de los míticos Triana, con un Jesús de la Rosa encabezando aquella hornada denominada ‘rock andaluz’, adaptando a su manera los sonidos que ya inventaron unos gloriosos Pink Floyd en Gran Bretaña. Años más tarde y, sin haber oído jamás un solo disco de ellos, reconocí inmediatamente aquellos tonos y me alarmé súbitamente al percatarme de que podía cantar con facilidad aquellas letras. Se comenzaba así a forjar mi amor por la música.
No recuerdo bien quién, cierto día decidió que debería aprender a tocar la guitarra. Me procuraron una guitarra española prestada por un familiar, donde ni el mítico spray ‘3 en 1’ fue capaz de arrancar el óxido que fusionaba los engranajes de esos clavijeros. Madre mía… empecé en el mundo de la música con una guitarra radicalmente desafinada.
Contando ya con el material indispensable –aunque de aquella manera-, me dispuse a aprender todo lo que me quisieran enseñar. En cierta manera, buscaba ocupar mi tiempo en otra cosa que no fuese entrenar en el equipo de fútbol local, que tanto odiaba. Dispuesto a ello, recuerdo como mis padres pagaban durante seis meses mis clases de guitarra flamenca por 2.000 pesetas a medias con el ayuntamiento de mi pueblo, que pagaba la otra mitad.
Las clases las impartía un conocido guitarrista de mi ciudad, Jerez de la Frontera: Fernando Moreno. Trabé amistad con su hijo Isaac Moreno, que impartía también las clases, y con Pedro Pimentel –también profesor- que hoy trabaja con Los Delinqüentes y su Banda del Ratón. De aquellas clases aprendí nociones básicas en cuanto a colocación de la mano y poco más… no se me daba nada mal la guitarra, pero odiaba el hecho de memorizar canciones sin sentidos. Aprendí además algo que ha sido tónica durante todos estos años de guitarrazos: a tocar la guitarra sin conocer el nombre de los acordes. Medio año más tarde acabé abandonando aquellas clases, pese a la insistencia de Fernando –dios… recuerdo como incluso fueron todos los profesores a hablar con mis padres-, y todo por el mismo motivo. No hay mal que por bien no venga, y aparte de la instrucción conseguí una guitarra nueva que me recomendaron comprar: una Sonora C-392 de 10.000 pesetas a la que posteriormente serigrafié, con un Pilot, un rostro bastante conocido. Había nacido “La Camarona”.
Tras esto, un gran parón.
Mi tío Juan, en sus vacaciones anuales por Jerez, procuraba tenerme siempre nutrido de cassettes de música. Otra de las veces me regaló un Walkman de los auténticos, de Sony. Benditos regalos. De esa forma conocí la música de Los Rodríguez, M-Clan y Jarabe de Palo. Bendita música.
Y de nuevo en mi pueblo, un curso de guitarra. Flamenca. Subvencionado. Vamos allá.
Ya con catorce o quince años, en pleno renacer hormonal y con una guitarra en las manos, pude recordar todo aquello que ya había aprendido. La primera vez reaccioné abandonando. Esta vez tocaba plantarle cara. Si Estopa podía… ¿por qué yo no? De repente “el de abajo” –que hoy conozco como La menor- se asemejaba demasiado a una canción que conocía si tocaba después “el de la cejilla” –Fa-. Había música en mi guitarra más allá del flamenco.
Y surgió la primera canción, con más facilidad de la esperada. Recluido en un cuarto con un amigo, por aquello de “montar el grupo”, compuse el embrión de lo que hoy es “Aires de Madrugada”. Mi amigo tan solo copiaba las frases que se me ocurrían para la música que sonaba en mi guitarra. Una lástima, porque a él se le daba bien escribir, pero yo no sabía ajustarlo por aquel entonces a lo que tocaba. Aquella misma tarde murió el grupo.
Poco después compuse una rumba que hoy en día no lo es. “Paseo por tu Mente”, se llama. Y con ella llegué a conocer a otro posible grupo que, debido a sus tendencias aflamencadas y delirios de grandeza, gustosamente decidí abandonar. El hecho de que mi canción les gustase, y que incluso las quisieran, me ayudó a pensar que quizá no se me daba tan mal. Otro grupo de flamenco-fusión también me ofreció una oferta de compra, pero… aquellas cosas me pillaban bastante lejos, así que básicamente me asusté y lo rechacé.
Mientras tanto, en casa de mi tío Miguel Ángel, antiguo bajista de una orquesta, rodaban vinilos de Bob Marley, Pink Floyd y los Dire Straits. Aquellas noches de barbacoa, en una terraza, bajo la luz de las estrellas jerezanas… eran mis vacaciones. Tan solo cerraba los ojos mientras sonaba, y observaba con curiosidad como mimaba cada disco con el cepillo antiestático tras girarlo y proseguir con la escucha. Cada disco era un todo. No se trataba de pesadas discografías descargadas de Internet que jamás escuchas hoy en día.
Entretanto, supe que no iba a ninguna parte con aquella guitarra. Le tenía muchísimo aprecio –de hecho, hoy es una de las que más uso de mi colección- pero los golpes y el pegamento de baja calidad que la conformaba habían dejado demasiada mella en ella. Mientras trabajaba un verano entero por poder pagarme una guitarra para siempre, reparé “La Camarona” con puntillas de alfiler y cinta adhesiva. Ahí es nada.
Los meses de trabajo como peón de albañil en Estepona dieron su fruto: un reencuentro con Fernando Moreno. En su tienda de música, elegí un modelo que me pareció extremadamente bello, tanto en estética como en sonido y prestaciones: mi guitarra española electrificada Veracruz Mod-708 con mástil de palosanto. Sin duda, una gran guitarra para unas manos tan inexpertas.
La vida de estudiante en Cádiz consiguió abrirme de nuevo los ojos. Pude conocer de primera mano lo que era estar enamorado, y escribir presagios de lo que sería en un futuro. A solas, en la playa, escribí los primeros párrafos de lo que sería “Mundos Paralelos”. Ni siquiera conocía el amor, pero ya lo andaba acusando de tener fecha de caducidad. Unas cuantas canciones más surgieron durante este periodo. La falta de amor nos hace ser creativos.
Tras dos meses de nula creatividad –tenía los dedos ocupados tocando el cielo- volví a tocar para no querer dejar de hacerlo jamás. Si la falta de amor nos hacía ser creativos como dije antes, no hay nada que supere al mismísimo desamor. Horas y horas muertas tocando la guitarra, arrancando acordes y frases para intentar compensar lo que duele el amar y no ser correspondido.
Una guitarra más. Como una guitarra eléctrica se me antojaba lejana, opté por una electroacústica. Quería sonar más rock, sonar como Kurt Cobain en aquel mágico acústico sin enchufes. Y para ello, desenfundé con todo mi pesar la cantidad de 149 € en una guitarra de marca Academy. La tengo abandonada a la pobre, aunque alguna canción (¿Contradicción, puede ser?) salió de sus cuerdas.
Necesitaba un amplificador para jugar con los sonidos, por lo que pedí prestado el de mi tío (¡cuánto le debo!). Era de bajo, así que… no iba a sonar demasiado bien. Aunque daba el apaño y me permitía trastear a gusto. Y ya que estábamos… el bajo también para casa. No daba con ningún grupo que quisiera una guitarra rítmica en sus filas, pero bajistas siempre hacen falta. ¿Vocalista? Jamás. Tan solo quería alguien de confianza que interpretase mis canciones y me dejara tocar con él. Nada más. Siempre he preferido pasar desapercibido, aunque para ello tenga que luchar contra mi condición natural.
Me encontraba en casa, con un arsenal bastante grande: dos guitarras españolas, una electroacústica, un bajo y su respectivo amplificador. Y un puñado de canciones. Pues… una maqueta.
Solo me encontraba a gusto cantándole a mi hermano o mi madre. Y como me sentía realmente a gusto era cantando solo. Cantar solo te permite abrirte todo lo que quieras cuando eres enfermizamente tímido como lo soy yo. Como contra… conlleva ciertas limitaciones.
Nunca he conocido de cerca de ningún “maestro” en el sentido estricto de la palabra, no he tenido nunca a nadie que me guié. Mi mayor mecenas ha sido siempre mi hermano, y lamentablemente no podía darme clases de guitarra o de bajo ni de canto, y ni mucho menos de técnico de sonido. Por lo tanto, no tuve más remedio que ser yo el encargado de todo el proceso. Un PC, mis guitarras y poco más. Ah, sí. Muchas ganas de grabar las canciones que ya tenía en condiciones para poder seguir adelante componiendo.
El resultado no fue, ni mucho menos, un producto de calidad. Pero el mero hecho de tener mis canciones incrustadas en un soporte de plástico me hacía sentirlas más cerca, notarlas como una verdadera creación y no un proyecto. A partir de ahí, pude seguir más allá.
Durante ese proceso tuve el placer de conocer a más influencias musicales. Gente como Albertucho o Poncho K hicieron que me decantara por algo. Tomar el rumbo del rock de autor. Canciones sencillas con contundencia. Marinero en tierra, capitán sin barco.
Con el afán luchador que tienen los sueños, me encapriché y quise tener en mis manos una guitarra eléctrica. Nunca había tocado una, y lo encontraba una experiencia fascinante visto desde fuera. Debido a mi condición de iluso, siempre creí que con un coche más potente podría ganar más carreras. No me equivoqué del todo, pero al menos pude seguir experimentando musicalmente. Y dispuesto a ahorrar, lo encontré imposible. Mi vida en Sevilla me estaba reportando ya demasiados gastos como para intentar evadirme de ellos entre las nubes.
Cuando ya la guitarra no se encontraba entre mis planes, mi mecenas ejerció de tal. Entre mis regalos de reyes de este 2007, se encontraba una guitarra eléctrica. Mi hermano, tres años menor que yo, creía en mí y me regaló una guitarra eléctrica… Por fin pude tener a mi pequeña Malakian entre mis manos (en homenaje a Daron Malakian, guitarrista y compositor de System of a Down). Una Cort Zenox Z-42 en rojo cereza con pastillas dobles Humbucker. Para los que conozcan las Les Paul, conocerán de qué les hablo.
Tras esto, me quedé sin nada de qué escribir. Mi mundo estaba completamente vacío. Había construido un muro mental en torno a mí, ya no creía en el amor. Al menos no de aquella manera que tanto daño me seguía haciendo. Pese a ello, una tuerca logró girar la espiral en que me encontraba completamente atascado hasta llegar a su lado. Conocí a Paula. Digamos que es… la persona que existe y me hace existir. Es la vida que crece y me hace crecer. La persona que más quiero, más amo y, sobre todo, más siento –perdona mamá, a ti también te quiero -.
La persona que me hace estar aquí esta noche.


:)
Me ha encantado leer tu trayectoria, aunque ya la conocia…mas o menos.
no sabia que le pusieras nombre a las guitarras…
Me alegra se el motivo de tu insomnio…creoXD
mua!
Comment by Palu — May 24, 2007 @ 10:18 am
A mi tambien me ha encantado leer tu trayectoria, solo que yo no la conocia por completo, sobre todo los primeros pasos… un placer perderse por “aquellos maravillosos años” de tu vida, a tu propia voluntad.
:)
Comment by Zim — May 24, 2007 @ 5:43 pm