
Fotografía: Paula Velasco
Texto: Juan Blanco
Siempre hay una incertidumbre acechando al final de cada espiral. El hastío y el desánimo eran lo único que había encontrado siempre en su camino, motivo este de su apatía hacia aquella forma de vida. Llevaba un tiempo ajena al mundo, y la reinserción no se aplicaba en su caso a los presos que trataban de buscar un hueco tras la ausencia de libertad.
De un tiempo a esta parte decidió intentarlo. La última vez que lo intentó no había sentado un buen precedente; años salvaguardando su inocencia para terminar ahogada en un mar de cafeína y burbujas. Cumplió su función con esmero, pero fue difícil salir de la condena en que estaba inmersa. Nadie en su sano juicio se atreve a sospechar de la desdicha individual de cada miembro de esta sociedad, y ella no iba a ser una excepción a tantos años de experiencias y cambios sociales.
Pasaron los años tras aquel fracaso y, pese a que el paso de estos había dejado huellas en su rostro, dejó de intentarlo. La experiencia no le hizo ser más fuerte, más sabio y, sin embargo, se preocupó bien de arrebatarle cada resto de aquel seguro de vida que le ayudaba a arriesgarse y escapar si fuera necesario. Pese a ello, las voces amigas le recordaban que el tiempo no perdona, y que el no volver a intentarlo era una soberana estupidez. Ella no pensaba lo mismo. Al fin y al cabo se encontraba bien así: sola, carente de función en el mundo, pero apática mientras cantidades industriales de bicarbonato iban haciendo estragos su estructura interna. Era su elección, tan solo hacer sombra y, a veces, ni eso.
Jugando con lo que más le sobraba –su tiempo-, lo intentó de nuevo. El fracaso fue estrepitoso. Avanzaba en su propósito, cediendo cada milímetro al adversario, para acabar decidiendo que la inercia fuera su principal consejera. No supo frenar a tiempo estando al borde del precipicio, por lo que acabó cayendo. Hay quien le falta un tornillo y hay quien lo tiene sin cabeza. En su caso, sucedió lo último.
Una vez en el suelo, nadie se preocupó por su existencia. La lluvia la arrasó en innumerables ocasiones, el viento procuró dejar reseco cada poro de su cuerpo, y el sol le dio ese tueste que le hacía tan particular. Debido al desuso, casi terminó por olvidar de qué forma se usaban sus sentidos. No es que no sintiera el dolor; es que ya no se paraba siquiera a disfrutar de todo lo bueno que no fuera lo malo. Procuró establecer su sitio, sus principios, y su estilo de vida: el no tener estilo.
Cuando se intenta ir por la vida sin sentidos y sin Lázaro que te guíe, terminas acostumbrándote a tan solo ser. En el fondo, solo se necesita eso, lo demás es puro adorno. Como un toxicómano que no siente la incisión de la aguja en su brazo, acabó por no sentir cómo se iba introduciendo de nuevo en una espiral más. El simple hecho de haber despertado de su letargo le hizo pensar que algo iba mal. No había tenido buenos precedentes en ese aspecto. Pero… ¿qué ocurría? Algo era distinto… Esta vez la cadencia era ascendente, no podía prever si acabaría en el suelo de nuevo. Se dejó llevar; aunque no le quedaran fuerzas para poder avanzar lo acababa haciendo, y no era ella quien se movía. ¡La espiral giraba sobre ella!
Cada noche despertaba, tratando de averiguar quién impulsaba aquello. Inútil. La curiosidad había creado un monstruo en ella, le había puesto cruelmente una galleta en el estante sabiendo que ella no tenía brazos para alcanzarla.
Cierto día despertó en la noche. Extrañada, intentó percibir, inmóvil, el causante de su pausa. La espiral se había transformado en un camino yermo, estéril, mermado por tempestades e inclemencias. Sabía perfectamente que no podía avanzar por sí misma, y que aquella fuerza extraña, pese a su desconocida procedencia, tampoco lo haría. En un nuevo descubrimiento sin parangón, se percató de algo. Su punto de vista era distinto ahora del que era en los instantes previos. Y eso sólo podía significar una cosa: se había desplazado. De sus poros se podía evidenciar algo parecido al sudor. Era ella. Había conseguido moverse tan sólo con un poco de fuerza de voluntad. Aquel terreno yermo, estéril e inhóspito no preveía buenos augurios; lo que la fuerza que aquellos días le estuvo empujando hacia lo desconocido no pudo mover, pese a su fortaleza, lo estaba moviendo ella.
No sin esfuerzo, prosiguió avanzando aun sabiendo de su dificultad. Sus sentidos se iban despertando de nuevo conforme arrancaba milímetros a su desconocido destino, de tal forma que ahora se sentían con más intensidad y belleza. Poco a poco y, con la esperanza de encontrarse un horizonte, logró entrever de nuevo el camino, con su característica forma curva. Y al final de este, algo que podía considerar como un espejo.
Se miró en él y se vio bella, fuerte y juvenil. Curtida en experiencia, pero atractiva. Con ello logró descubrir otro valor vital que jamás hubo sentido: la autoestima. Tratando de verse más cerca aun, siguió avanzando. El siguiente paso fue darse cuenta de que aquello no era un espejo. Era algo de su misma condición, pero no un espejo. Trató de comprender y lo hizo. Aquella tuerca que había confundido con su reflejo se había quedado atascada en una parte del camino parecida a la que ella misma había sufrido instantes atrás, pero lejos de quedarse quieta, inútil, había intentado desplazarse con tanta fuerza que había acabado por mover la rosca helicoidal que albergaba a ambas. Ahora estaban juntas, por fin, a un paso. Dos tuercas desconocidas, aunque procedentes de un mismo molde, juntas.
Perdidas en un paraíso terrenal, usando el óxido como moneda de cambio, lograron hacer frente al paso del tiempo, apoyándose a cada momento la una en la otra, para al fin ser pasajeras furtivas de un viaje sin destino.
“Trata de avanzar aunque no te dejen dar ni un paso,
conseguirás dejarte el mundo en tus zapatos.”